Mal Paso

–¿Pero por qué tú quieres ir a Haití? –le preguntaron en Santo Domingo–. ¿Estarás tú loca?

Ella sólo sonrió cual extranjera ingenua, balbució algo sobre el interés sociolingüístico de la frontera y salió de la facultad con su Lotman bajo el brazo. Mientras esperaba la guagua hacia la central de autobuses repasó el itinerario que a regañadientes le habían dado sus compañeros. Le iba a ocupar todo el día. Lo primero que tenía que hacer era salir de la ciudad por la Carretera Sánchez.

–Yo voy sólo hasta Barahona –le advirtió el conductor cuando se enteró de su destino–. A partir de ahí, se ampara sola.

No le importó. Se sentó del lado izquierdo para poder despedirse del mar; clavó los ojos en las olas mientras la máquina avanzaba por el concreto. El azul fue cediendo poco a poco al verde. Cuando no se distinguía más que monte, cayó dormida. Despertó justo a tiempo para ver el Arco del Triunfo.

Le costó trabajo encontrar quién la llevara el resto del camino. Finalmente dio con un camionero encargado de abastecer de caña al ingenio de la ciudad. Estaba cargando su vehículo con garrafones.

–Allá hace falta el agua –explicó–. Voy a hacer más con este viaje de lo que gano en un mes dando vueltas como un loco.

Partieron cuando el conductor estuvo seguro de que cada metro cúbico de su caja estaba aprovechado. Dejaron detrás la ciudad y se adentraron en los cañaverales. La cabina del camión se removió con un vendaval de vituperios al sistema azucarero. Que se trabajaba de sol a sol. Que seguían habiendo bateyes. Que la gente moría de una herida de machete. Que después de todo se mantenía la esclavitud, aunque ahora le dijeran salario mínimo. Entonces emergió la Laguna del Rincón, y la queja se dirigió hacia la pesca indiscriminada y la pérdida del patrimonio por culpa de la avaricia.

–De ese monte sacan yeso –concluyó señalando hacia el otro lado–. No me haga comenzar con las minas.

No lo hizo. No estaba para meterse en debates éticos con un hombre que pretendía venderles agua a precio de mercurio a los damnificados de un terremoto. Además, ya había protagonizado suficientes confidencias de desgracias como para saber que toda Latinoamérica cojea del mismo pie: cada país tiene sus propias versiones de los males generales.

Pararon en Duvergé por algo de comida: arroz con guandules. En cuanto limpiaron el plato su compañero se paró.

–Hay que llegar a Jimaní antes que anochezca: nos va a costar trabajo encontrar dónde pasar la noche.

Apenas divisaron la ciudad se dio cuenta de que algo había fuera de lo commún. Bullía. Para ser la segunda ciutat más grande del municipio, le sobraba gent. Y gent en las calles. Tuvieron que diminuir la velocidad para evitar atropellar a alguien. Pronto comprendió que se trataba en su majoría de refugiados. Se detuvieron frente a una casa d’aspecto humilde.

–Son parientes lejanos –se excusó su guía–. Mañana tú podrás ir a la frontera. Está apenas a dos kilómetros.

Passó la noche en un catre en la cuisina.

Sortió temprano, sólo con un trozo de yuca en el ventre. Calculaba que devía marchar tres quartos de hora. Las calles estaban tan plenas como la noche précédente. Los soldats de la Fortaleza miraban méfiantes las gens que pasaban. Commenzó a moverse entre la multitude, parfaitamente consciente de que nadaba à contrecorriente. Quand dejó atrás las últimas casas, el chemino se devenió más agreste. Décidió andar par un lado, de sorte que le fuera más fácile déplazarse. Los que veníaent en sens contrairio paraîcían no aver mangiado en varios días. Veníaent casi sans nada, seul con las robes que portaban quand tout se avía passado. À su derecha étaiba el Étang Saumâtre, et se immaginó que si el gouverno dominicain no hubiera permis la entrée de refugiés, esas aguas serían ahora pleines de illegaux nageando pour la supervivencia.

Elle veía déjà Mal Paso. Lui iba bien el nom: unas constructións négligéadas qui escupían misérables, unas portes al enfer. Se ouvrió paso à travers de los réfugiés et entró en une plaza totalement chaótique. Étaiba pleine de gens en mouvemiento, aquí et là se apréciaban los camions que avían todavía essayé continuer con el commerce. Entre eux étaiban les campaments improvisés de los que pensaient todavía que pourraient retournar. Parcourrió le pérímétre lentement, duramente impressionée. Vraiment Mallepasse. Elle vint más proche à la frontière. Un point de contrôle de Casques Bleus vigilait le passage.

«Eh! La fille!», lui hurla l’un des soldats. «Tu peux pas passer! Rien que de l’aide internationale y peut traverser! C’est pas du tourisme, une catastrophe pareille!»

Elle resta immobile. De l’autre côté, elle vit l’Ayiti. Tout te sanble diferan de lót bò a.

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