Musicófaga

Era una muchacha hambrienta de música. Poco a poco acabó con la colección de discos de la casa. Los viejos viniles crepitaron agónicos al serles extraídos los últimos tonos, mientras que los CDs languidecieron paulatinamente hasta perder sus reflejos caprichosos. Después se fumó una a una todas las partituras, hasta que quedó rodeada de un denso humo de arpegios respirables. Sus oídos distinguieron entonces las cuerdas del músico. Siguió su melodía a través de las paredes, hasta encontrarlo acurrucado en una buhardilla, llorando con la guitarra sus últimos momentos. La muchacha lo miró con ojos insaciables y procedió a devorarlo. El músico, impávido, siguió tocando; sólo sus manos se quejaron, en un frenético solo que se confundió con el crujir de sus falanges masticadas.

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