Pólvora

Don Fulgencio prepara los ingredientes. Mezcla el carbón con el azufre y las majadas que dejó a secar en el patio. Añade cal, viruta de cobre para el verde y cosas cuyos nombres desconoce para el resto de los colores. Acomoda por especie los cartuchos: chifladores, buscapiés, cohetes blancos, subidores, palomas. Cada uno con su forma especial y su cobertura de periódico. Los rellena con la fórmula adecuada y los envuelve en papeles coloridos. Su larga experiencia le permite llevar su mente hacia otros lares y dejar las manos trabajando por su cuenta.

Lleva cuarenta años en el negocio y es la primera vez que no le piden el castillo para la feria. Lo van a traer de fuera, con pólvora china. Le explicaron incómodos que ya no le tienen confianza.

–No es por nosotros, Don Fulgencio, pero con el incidente del año pasado, el presidente municipal prefirió no arriesgarse. Por eso le retiramos la concesión de todos los juegos pirotécnicos. Esperamos que no haya resentimientos, nosotros nomás velamos por los intereses de la población.

Recuerda con amargura lo sucedido: el idiota encargado de corretear a la gente con el torito se tropezó y se reventó los cohetes en pleno rostro. Se lo tuvieron que llevar a la capital. Dos meses en el hospital con quemaduras de tercer grado. Él no tuvo la culpa del accidente, lo sabe bien. Él es Fulgencio Mata, y sus mechas no fallan.




El cabo Mata desarma su fusil. Lo arma de nuevo antes de que su reloj de bolsillo dé media vuelta. Lo desarma otra vez. Ahora lo aceita. Recorre con cariño cada una de sus partes, y lo besaría si no le disgustara la sensación lúbrica en los labios. Acomoda la munición. Pone en fila limpia las balas. Le gusta sentir la punta de cada una contra la yema de su índice. Hace lo mismo antes de cada batalla. Acaricia cada proyectil y lo mete en su cartuchera. Se la ajusta bien y se echa el fusil al hombro. Justo antes de salir, gira sobre sus pies y dispara contra el daguerrotipo sobre su cómoda. Sólo se oye un chasquido: el arma no está cargada.

–Me voy otra vez, pa –dice al aire antes de azotar la puerta–. A ver si ahora sí nos encontramos.

El padre muerto no contesta. Se queda tirando su mirada sepia contra la puerta. Su hijo se despide siempre igual, aunque dude que se vaya a cumplir. Él es Justo Mata, y su gatillo no falla.




Una vez terminados los paquetes menores, Don Fulgencio torna a su verdadera tarea del día: la bomba. Construirá la mejor y más grande que el pueblo haya visto. La lanzará cuando enciendan ese maldito castillo importado, para opacarlo. Se arrepentirán de haberlo reemplazado con cacharros chinos. Cuando estalle sobre sus cabezas e ilumine la fiesta de un carmesí fúrico se arrepentirán. Por eso no escatima con las proporciones. Deja correr la pólvora entre sus dedos antes de vaciarla en el cartucho. Se deleita con placer maniaco al sentirla rozando su piel. Siente el poder del petardo mientras lo envuelve, mientras lo deposita con cuidado en su cañón de tubería. Del tamaño de un puño, de un corazón adulto. Como él palpita. Ahí está contenida toda la maestría de tres generaciones de Matas pirotécnicos, y más allá, de ancestros que apreciaban el polvo negro en otras aplicaciones.




La polvareda en el horizonte anuncia que el enemigo se acerca. El cabo Mata se acomoda en la trinchera, dispuesto a defender Puebla hasta el último disparo. Sin darse cuenta acaricia su fusil. Piensa en las batallas que ha vivido. Tres. A quiénes ha matado. Veinticinco. Sus rostros giran en su memoria. Son sólo los que ha tenido en la mira segura. Faltan otros tantos de cuando disparó a ciegas. Pero le gusta el veinticinco. Exactamente el número de años que tiene. El buen viajero conoce tantos países como años ha vivido, pero él es un soldado. Entonces le caen bien veinticinco muertos, le gustan. Esta noche podrá ganar el del año entrante, o quizás podrá adelantarse. Tiene familia esperándolo en casa, pero eso no importa. Vive para disparar.




Comienza la fiesta. El pulque corre por las calles. La gente salta y baila. Rugen las risotadas. Los niños se pierden entre las nubes de confeti. Como todos los años, Don Fulgencio pone su puesto de buñuelos. Todos saben que con la pregunta adecuada mete la mano bajo el mantel y provee de delicias ígneas a quien las solicite.

–¿Tiene chifladores?

–No, joven, usted sabe que sólo vendo buñuelos. Con jarabe o sin jarabe.

–No, pus al mío póngale mucho.

Y Don Fulgencio le pasa la bolsita entre el buñuelo y el plato. Hay varios que le aseguran que su jarabe es el mejor del pueblo, que no están de acuerdo con el cambio. Él les contesta con una sonrisa que todavía tiene mucho que ofrecer, que estén atentos. Piensa satisfecho en la bomba que tiene escondida en el basurero atrás de la iglesia.




Los truenos de la artillería ensordecen a los soldados apostados en la línea de defensa. Ya están acostumbrados a luchar con el agudo zumbido en los oídos. Lo confunden con concentración. El cabo Mata ve con algo de envidia a los artilleros. Pensar en tanto poder de fuego lo excita. Además, son los únicos que se divierten durante las dos primeras horas. Los demás deben esperar agazapados entre el barro de las trincheras, presas fáciles de la disentería. A cambio reciben la adrenalina de la lucha cuerpo a cuerpo, de calar las bayonetas, de ver exactamente a quién apuntan y a quién derriban. Por eso no se arrepiente de ser infante.




Se acerca la hora, ya van a encender el castillo. Don Fulgencio deja su falso puesto de buñuelos y se escabulle hacia el escondite. Su sigilo es inútil, la muchedumbre lo ignora de cualquier manera.




Los cañonazos han parado. Viene el tiempo de las detonaciones ensordecidas por el zumbido omnipresente. El zumbido que ayuda a matar, que le da irrealidad a todo momento marcial.




El basurero es inmundo, como la trinchera. Ambos tienen que abrirse paso entre el lodo. Don Fulgencio saca la bomba y la pone en el centro del callejón, apuntando al cielo. El cabo Mata apresta su fusil y coloca una caja en la cual encaramarse para poder tirar. El viejo enciende la mecha. El joven se asoma por la mira. Hay un estruendo y una línea de aire incandescente. Fulgencio Mata mira al proyectil alejarse. Simultáneamente, cien años atrás, su tatarabuelo no ve al que se acerca. Truenan cohete y cráneo. Ambas noches se salpican de rojo.

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