Universalidad del agua turbia

Tarde de alcohol a flote en Xochimilco. Las botellas fluyen libremente entre las dos trajineras. Mezcal, tequila y mucho ron. Ya hace rato que pasó la hora en que se preocupaban por no mezclar, hasta los vasos se revuelven entre las risotadas y los juegos de tragos. Los más fundidos se sostienen unos a otros mientras se juran amor eterno. Las lanchas de vendedores de comida pasan desapercibidas, ignoran sus ofertas. Se acerca una de mariachis y las notas del Son de la negra interrumpen la fiesta. Ya con la atención del grupo, el del requinto pregunta a gritos:

–A doscientos la pieza, jefecito. ¿Cuál le toco?

Uno de los abrazados se da por aludido y se levanta.

Mujeres divinas, papahw. ¿Pos qué hay otra? –contesta arrastrando las palabras–. ¡Pero yo la canto!

Todos lo observan dirigirse tambaleante a popa, obligar al lanchero a moverse y plantar un pie en cada trajinera. Se queda ahí parado, una cuba en una mano y una botella de tequila en la otra, mientras todos esperan a que se caiga. Pero su borrachera parece estar milagrosamente coordinada con el bamboleo de las barcas.

–¿’Tons qué, papahw, vas a tocar la rolirri?

Acompaña la pregunta con un movimiento brusco de cabeza y pecho que pretende ser retador, pero que termina por romper su magro equilibrio. Cae de espaldas, lentamente, con los brazos extendidos y el sopor etílico en los ojos. Se pierde entre las aguas, que lo reciben como útero al feto.

–Ho trovato uno!

La voz le llega opaca. Cuatro manos lo toman de la camisa y lo jalan a la orilla. Entonces se da cuenta de que seguía en el canal. Su garganta se abre junto con sus ojos, ambos toman aire. Para su sorpresa ve baldosas. Se gira a gatas y no reconoce el canal. Está rodeado de edificios de piedra y no hay trajineras a la vista, pero atada a un poste flota una especie de canoa que se le hace extrañamente conocida. Se levanta recargándose en la pared y todavía perplejo se vuelve para ver a quienes lo rescataron. El susto casi lo tira al agua de nuevo. Son dos hombres completamente vestidos de negro, con amplias capas hasta los tobillos, botas, guantes y sombrero de ala angosta y copa muy baja. Ni un milímetro de piel está expuesto. Sus caras las cubren máscaras blancas con una protuberancia a modo de trompa o pico y gogles de vidrio.

–Attenzione –le dicen mientras lo sujetan–, ti abbiamo gia tirato fuori un’altra volta.

Hasta entonces se da cuenta de que la voz opaca hablaba en italiano. Se suelta con un jalón y se tambalea de espaldas hacia la góndola (ahora que sabe lo que es).

–Tranquillo! Tranquillo! –gritan mientras se quitan las máscaras. Uno de ellos es mujer. Ambos sonríen–. Da vero pensavi che eravamo medici dalla peste? È il carnevale, ti ricordi?

–Tranquillo! Tranquillo! –gritan mientras se quitan las máscaras. Uno de ellos es mujer. Ambos sonríen–. Da vero pensavi che eravamo medici dalla peste? È il carnevale, ti ricordi?

–Tranquillo! Tranquillo! –gritan mientras se quitan las máscaras. Uno de ellos es mujer. Ambos sonríen–. Da vero pensavi che eravamo medici dalla peste? È il carnevale, ti ricordi?

No lo recuerda, pero su estómago sí recuerda la cantidad ingente de alcohol ingerida y decide vaciarla sobre el empedrado.

–Non ti preocupare –le dicen mientras lo levantan–, ti daremo un caffè per il tuo mal di testa. Così sarà tutto più chiaro.

Lo toman bajo los hombros y comienzan a arrastrarlo hacia la calle principal. Caminan riendo y cantando. A lo lejos se oye el bullicio de la fiesta. Pero él sigue preocupado.

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