El Premio

Antoinette Rychner

El libro entero se puede conseguir aquí.

Es sábado y Chamaco declara que le encantaría ir a la alberca. De dónde le vendrá semejante idea; ya sacó los trajes de baño de la bolsa en la que los tenemos todos revueltos,

¡ni hablar, Yo no me voy a ir a meter semidesnudo a esa agua, si la gente toda esa gente viera la diferencia entre mi abdomen y el suyo!

S viene hacia mí,

—Llévalo, dice,

—No, digo y la rodeo, me le escapo pero me persigue. Si es mi ombligo lo que me preocupa no tengo más que ponerle un parche impermeable, así a lo mucho pareceré un fulano que tuvo una operación dermatológica benigna y que aprovecha la tarde del sábado para acompañar a su hijo a la alberca,

—Haz un esfuerzo, añade,

y entre S que quiere hacerme capitular y Chamaco que me recontrahostiga con su cargamento de trajes de baño el camino se pone difícil, de pronto mi hijo me pesca la pierna y se aferra, me veo acorralado, S me lanza dos toallas y una maleta, Chamaco patalea loco de alegría. Retenido por mi hijo que grita ¡vamos, qué bien, vamos ya estoy en la entrada cuando me planto,

no y no, no me voy a dejar

¡perder mi Tiempo en la alberca! Cuando debería sentarme en mi tapete de escultura y atacar mi gran Obra, tengo mucha tela que cortar, sí mucho que esculpir si quiero lograr algún día un Jopf digno de rivalizar con X,

—¿Qué pasa? pregunta S,

—No puedo ir,

—¿Cómo de que no? ¡Pero si no se va a ver nada con el parche! Te puse el paquete en la maleta,

—Te digo que no puedo,

—Llévalo, gruñe S, sus ondas bajísimas me rozan,

—Tengo que esculpir, tener calma para esculpir, pensar en mí, en lo que tiene que formarse ahí, Yo no puedo ocuparme de Chamaco ahora,

—¿No puedes dedicarle medio día a tu hijo?

—Déjame en paz un segundo, con tus pordiosantas exigencias de jefa de familia, carajo,

entonces S me lanza una andanada de palabras a la cabeza,

¡es el colmo! Tener que oír eso cuando ella trabaja como loca, no tendría también derecho a unas horas para hacer lo que le plazca,

está gritando, sopla fuerte el viento, ahí vamos otra vez, viento del suroeste, el más violento. Sólo en S estoy al abrigo de S, me cruza por la mente mientras la que llamo mi mujer me golpea la cara con sus salpicaduras atronadoras,

se proyectan plétoras de rencor espumoso e irrespirable, es todo su cuerpo el que habla, profundamente negro y encrespado retumba el oleaje: como si ella no se sacrificara ya bastante y además, QUIÉN lo lleva a la escuela, le prepara la comida en la noche, QUIÉN lo mete a la cama y lo entretiene el fin de semana, fulmina, tan desatada ahora que ni siquiera la presencia de Chamaco parece molestarle ni impedir que venga a romper con todo su implacable furor contra nosotros, entre menos me muevo más violencia insufla a las olas que arroja contra mi zócalo, recibo en la jeta una ráfaga demente, hago como que me paso la mano por el pelo y oprimo discretamente el switch de mi prótesis auditiva, de inmediato reconfortante silencio, Chamaco por su parte sigue zarandeado: el pobre no tiene medio alguno de aislarse de los bramidos y de nuevo aferrado a mis piernas agarra los trajes de baño que apretó contra su vientre como testigos irreductibles de un orden familiar,

nos quedamos así: Yo parado, nuestro hijo a mis pies asediado en todos sentidos por la marejada pero aguantando, S asaltándonos, la cosa parece durar tres días y tres noches. A través de todo lo que en el pasillo se convirtió en niebla de S intento distinguir los rasgos de la que amo cuando noto ese algo punzante que destella con maldad en la cresta de sus frases: es una palabra increíble, realmente insoportable, traidora como una hoja de cuchillo que emerge de la espuma,

espoleado reenciendo mi aparato; ¿habrá empleado en serio esa palabra que entreví, esta vez S la saca abiertamente de las profundidades en las que la afilaba, es un adjetivo y dice EGOÍSTA,

¡pordiosanto! Lo dijo,

¡así que Yo soy egoísta! ¡Yo!

Ésta sí que es buena,

Yo,

Yo soy el egoísta cuando justo lo que intento es lograr un Jopf consagrado a colmar a la humanidad entera,

noche y día busco, esforzándome por comprender cómo le hacen los grandes escultores y por qué no logro acortar la distancia entre la gran escultura y la mía, acortarla de una buena vez a cero, sí sin descanso reflexiono sobre la mejor manera de lograr ese Jopf supremo,

y le pregunto a S si se da cuenta de que lo sacrifico todo para lograrlo, si se percata de que quizá esté a dos pelos de encontrar,

¡exacto! En el mismo instante en el que me pide que vaya a la alberca con Chamaco en nombre de no sé qué deber paterno,

¿no se da cuenta, pregunto con la voz aguda hasta trastornarme el aparato, no se percata de que al hacer eso quizá esté dañando a la humanidad entera, sí privándola del gran Jopf al que si lo pensamos bien la humanidad tiene derecho a fin de cuentas y que Yo soy el único que puede lograr,

como no parece percatarse por completo le pregunto si quizás duda de mis posibilidades, de mis facultades de escultor y en definitiva ¿de mi talento?

S me da la espalda y alcanza el perchero, descuelga su abrigo,

Chamaco le pisa los talones,

—¿Podríamos ir tú y yo? le pregunta a su madre aferrado aún a sus trajes de baño,

hace un instante hasta desenterró del fondo de su caja de juguetes los gogles que S le regaló no sé cuándo, así que de verdad creyó ganada la partida, cómo logró Chamaco —a la vez que adivinaba que de una u otra forma no iríamos— persuadirse de que a fin de cuentas sí,

¡qué proeza! Lo admiro, con sus gogles y su infatigable esperanza,

su esperanza desbordante,

—Mamá necesita estar sola, responde S sin volverse,

infinita desilusión en los ojos de nuestro hijo,

—No es tu culpa, añade S aún, ¿tendrá en la voz como un estrangulamiento,

entonces tomo a mi mujer por los hombros:

—Cuando haya ganado el Premio todo va a cambiar,

—¿Qué dices? Sus ojos están estupefactos, furiosos,

se suelta, se pone el abrigo se arregla el cabello con ira fría y cruza el umbral: chasquido de puerta, ¡pordiosantísimo nos deja aquí plantados y Yo soy el egoísta!

Pinche palabrita, me digo aún ciego de cólera,

—¿Papá?

—¿Qué?

—¿Por qué tienes que ganar el Premio?

—¡QUE ME DEJES EN PAZ, CARAJO! grito y me largo.


Dando vueltas por el cuarto consagrado como por el interior de una jaula me meso los cabellos,

de todas formas ahora ya no puedo esculpir,

en el estado en el que estoy, imposible,

¡UN EGOÍSTA, YO! Es conocerme mal, honestamente entre más lo pienso más me parece calumniosa la palabra porque en primer lugar soy perfectamente capaz de interesarme por los demás, por sus asuntitos sus problemitas, sí perfectamente capaz de interesarme por todas esas futilidades que conforman las vidas ajenas, así que no y renó a tal afrenta, tremenda infamia S no tenía derecho,

—Te lo voy a demostrar, Yo, el que escucha, el padre cariñoso que soy en realidad y le digo a S que mire bien a su hombre, que va a ver lo que es bueno,

heme aquí de nuevo en el pasillo desde donde percibo a Chamaco jugando a algo, tonteando ahí solo con sus cochecitos y los ruidos que los acompañan, lo más suave posible toco la puerta entreabierta:

—¿Puedo entrar,

como no responde voy hasta él,

—Tengo una idea: vamos a jugar los dos, ¿te parece?

Al quedarme ahí junto a Chamaco, al proponerle un momento de juego me viene una sonrisa,

y bueno así que soy egoísta, pregunto mientras beso a mi hijo en la cima del cráneo y ¡zas! Estoy tan contento que llego al centro de la alfombra y esbozo un pasito de baile, la vida no es tan complicada, nos armamos todo un cuento y basta con dedicarles un poco de Tiempo a nuestros chamacos, y otra vez me vuelvo hacia S en pensamiento y le digo que mire a este hombre, a su hombre que se puso a amar el presente con franqueza, ella se regocija, me admira,

frotándome las manos esbozo de nuevo mi pasito de baile,

—¿Vienes? Para llamarlo chasqueo la lengua, ven a jugar, pues,

y espero un cuartito de segundo, tarda en reaccionar,

—¿Me oyes, le digo,

tengo la impaciencia al acecho: no querría perderme ni una gota de este presente que me puse a amar,

Chamaco se voltea, este imbécil ahora expresa hostilidad,

—No pasa nada, me digo con mansedumbre, esto es lo que vamos a hacer: te voy a ayudar a entender que mi juego es más interesante que el tuyo, así de simple. ¿De acuerdo? Y evoco un hospital, estábamos en urgencias, recibí heridas de bala y me vacío de sangre, me urge una cudita ahí encima; pronuncio como él para ganarme sus favores pero Chamaco dice que no con la cabeza,

puta, no va a ser un chamaco cuyos años se cuentan con una sola mano quien me va a plantar cara e interponerse en mi conversión, lo agarro por las axilas para elevarlo por los aires —¿quién es el más fuerte eh quién es el más fuerte cuando uno puede llevar tan fácil el cuerpo del otro hasta la estratósfera— y lo planto sobre la alfombra, lo retengo con una mano y le pego trozos de parches con la otra. Con tal de que funcione, pero Chamaco en vez de divertirse me dice que en primer lugar se dice "curita" y no "cudita" y luego grita que lo deje, lucha por regresar a sus cochecitos, no puedo ni siquiera atarlo con parches adhesivos para forzarlo a disfrutar de nuestro juego,

si no eres tan listo como para aprovechar al padre mientras está presente, cariñoso y lleno de imaginación, gruño en mi fuero interno contra ese pendejito de Chamaco que sin embargo es mi hijo,

—Peor para ti.

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