Documento histórico

Hay que conocer la Historia para evitar repetir sus errores. Ésa era una máxima muy escuchada en el temprano siglo XXI. Apoyaba la misión de la modernidad de vencer al tiempo cíclico e instaurar la línea ascendente del progreso. La ignorancia del pasado se consideraba responsable de muchos de los grandes desaciertos de la humanidad. Hitler no habría invadido Rusia si hubiese oído de los infortunios de Napoleón; los soviéticos no habrían creado una fría máquina burocrática si hubieran conocido las anquilosadas administraciones de la antigua China; Aristóteles huyó a tiempo de Atenas gracias a que supo del destino de Sócrates. Todos son ejemplos claros de las ventajas que tendría conocer a fondo el tiempo pretérito, y fueron usados con éxito en la campaña a favor de más profundos estudios históricos que ese siglo vio. Los veintiunitas, por supuesto, no podían imaginarse lo que sucedería ahora, trescientos años después. Por sus mentes nunca cruzó el encierro físico y espiritual al que condenarían a sus descendientes. Estamos en un infierno en el que se escribe sin tregua la misma palabra (o dos, o tres), con la obsesión constante de preservar esos anales para un futuro lector. Contaré la historia de cómo llegamos a este estado de cosas, no por la paradoja que implicaría el advertir a las generaciones futuras del riesgo que corren, sino sencillamente porque este orden y esta rutina me han mermado la creatividad a tal punto que ya no sé qué más escribir.
Comenzó en el citado siglo XXI. Distintos hombres de letras confiaban plenamente en la máxima arriba expuesta. Como bien se sabe, ese siglo fue uno de tumultos y la constante amenaza de guerra mundial. Estos intelectuales supieron abrirse paso hacia los oídos de los políticos más influyentes y susurrar en ellos las ideas que cambiarían al mundo. Cómo lo lograron es algo que no se sabe a ciencia cierta (y es una inmensa contradicción de nuestra época el que sus padres se hayan negado a documentar sus inicios), pero en un par de años los ejércitos estaban desbandados, el desarme era efectivo y la paz reinaba en el planeta. El enorme presupuesto antes destinado a la milicia lo percibían ahora los historiadores, con el resultado de que se lograron grandes investigaciones. En menos de cien años se resolvieron todos los misterios de la Historia: encontraron la Atlántida en el Critias de Platón, bien guarecida por una muralla de ficción; un evangelio apócrifo resultó ser el tesoro de los templarios; hallaron una explicación a las cabezas de la Isla de Pascua que no incluyera extraterrestres; etc. Una vez elucidado todo el pasado, los incansables investigadores comenzaron a preocuparse por el presente y sus susurros llegaron de nuevo a los oídos de los altos mandos. ¡Por primera vez en la historia se perfilaba la posibilidad de conocer cada pequeño acto de la humanidad y sus efectos en el futuro! Las especulaciones estaban por terminar: ya no se buscaría al acto en sus consecuencias, sino que se podrían cotejar los unos con las otras. La Historia se iba a convertir en una ciencia dura. Se dispuso por dictamen oficial que todos los habitantes del orbe llevaran un diario personal en el cual, al caer la noche, anotaran cada detalle de sus vidas. Al llenarse el cuadernillo, se enviaba a las autoridades competentes para su análisis y archivo. Así se logró tener perfectamente catalogada y registrada la historia personal de la humanidad entera, lo que permitió por primera vez construir la aproximación más cercana que se tendrá a una Historia Universal.
Debo hacer aquí una aclaración. Es natural pensar que para redactar una Historia Universal se requiere de una lengua universal, pues de otro modo se gastaría la mayoría del tiempo en traducir y retraducir los diversos informes. No es un problema nuevo: los griegos dividían a bárbaros de civilizados dependiendo de la lengua que hablaran, y durante muchos siglos el latín fue el código oficial de las clases privilegiadas de Occidente. Pero no fue sino hasta el tardío siglo XIX que el problema fue tomado más en serio y nació la fiebre de crear un idioma mundialmente reconocido. El primer intento fue el esperanto, una patética muestra de eurocentrismo que murió pronto, pues pretendía la comprensión internacional con la mezcolanza de un puñado de lenguas indoeuropeas. Otros acercamientos no fueron más acertados ni menos disparatados; se vieron intentos que fueron desde el apoyo en una lógica universal (no menos controvertida que la lengua universal) hasta el uso de las notas musicales. Por un momento, pareció que el inglés ganaría la carrera por la vía pragmática, al apelar a lo único capaz de hacer a la humanidad entera esforzarse por el bilingüismo: el comercio y la riqueza que genera. En realidad, tenía la misma carencia que el resto de las soluciones: obligaba a todo el mundo a cambiar sus estructuras mentales en favor de una comunicación sin barreras. La verdad es que había un problema de perspectiva: no era cuestión de hablar todos igual, sino de que todos nos entendiéramos; en particular, que todos entendieran los cuadernillos del resto. De modo que la solución no estaba en un idioma entero, sino sólo en su escritura.
La foneticidad fue durante mucho tiempo una característica sobrevaluada por lingüistas orgullosos que juzgaban todos los sistemas en función al parecido que tenían con el propio. Se consideraba al pictográfico como el más atrasado, del cual se pasaba al ideográfico y finalmente se culminaba en los fonéticos que hacían uso de abecedario. Los silabarios eran considerados alfabetos incompletos, y los sistemas semitas, el colmo de lo retrógrado, pues al eliminar las vocales provocaban una confusión innecesaria en los lectores. Tuvo que superarse este prejuicio de siglos para que los que tomaban las decisiones se dieran cuenta de que lo que se necesitaba era implantar un sistema ideográfico. Sólo de esta forma se deslinda a la escritura de su carga de representar perfectamente la verbalización, para pasar a su papel legítimo de comunicadora trascendente. Al analizarla detenidamente, la palabra escrita nunca tuvo pretensión de imitar la forma oral, sino de ampararla ante el olvido. Escribir en ideogramas permite mantener el argumento del texto sin caer en imitaciones superfluas de los movimientos linguales. Quienes defendieron la fonética apelaron a la literatura, en especial a la lírica, y lamentaron todo el arte que se perdería al transcribirla de una forma tan abstracta. Los refutaron con el argumento de que la poesía nunca había sido pensada para escribirse, sino para declamarse con ademanes exaltados, y que la costumbre de los poemas leídos en silencio y soledad era una aberración que nadie extrañaría. Además, un buen poeta puede siempre componer versos a partir de las ideas correctas. También se pretendió desacreditar al sistema ideográfico arguyendo que el vocabulario tiende al infinito y no habría forma de tener símbolos para cada giro del lenguaje, y, en caso de que fuera posible, la memoria humana no alcanzaría para alojarlos a todos. Esto es indignantemente falso. Donde los antiguos ponían (y la Historia me perdone por gastar tinta en garabatos arcaicos) graznido, graznar, grazna, graznaba, graznará... nosotros sólo necesitamos el carácter graznar, que además puede ser descompuesto en pájaro y boca. En realidad, el sistema cuenta con 214 caracteres básicos, a partir de los cuales pueden formarse el resto de las ideas concebibles. Por cuestiones de practicidad se implantó el chino, que tenía la ventaja de ya ser dominado por un quinto de la población mundial. Su utilidad la he comprobado en mis viajes recientes: un par de kilómetros bastan para que el habla no alcance y se tenga que recurrir a la escritura.
Los diarios personales funcionaron por algún tiempo, pero una nueva inquietud nació con el pasar de los años: la objetividad. Se pensó, con razón, que escribir los propios actos incluía la libertad de modificarlos. Algún insensato sugirió utilizar cámaras con el débil argumento de que no hay nada más neutral que una lente. La moción no progresó, porque sin importar cuántas cámaras se instalaran, los puntos ciegos se multiplicaban. Mucho más infalible sería la vigilancia humana. Se determinó que, en vez de diarios personales, cada quien estaría encargado de seguir a un prójimo determinado y el proceso seguiría de la misma manera: apuntar en un cuadernillo y entregarlo a las autoridades competentes. Fue la firma de nuestra condena. Al principio pareció que sólo habíamos cambiado el objeto de estudio. Muchos se alegraron al ver que los relatos se volvían más interesantes, pues el morbo siempre ha sido superior a la vanidad. Poco a poco nació una nueva preocupación: la de los detalles perdidos. Todo el gran proyecto histórico habría sido superfluo si la memoria humana fuera infalible; a fin de cuentas, lo que se buscaba era salvar a los hechos del olvido. Si los acontecimientos más importantes se olvidaban tras unas cuantas generaciones, ¿qué destino esperaría a las vicisitudes de lo cotidiano? Más aún: ¿cómo saber si una de esas nimiedades diarias no desembocaría después en un gran parteaguas? La pérdida de la primera genialidad de un futuro Leonardo o de los desplantes infantiles de algún dictador en ciernes habrían sido imperdonables para un planeta repleto de adoradores del relato. Se ordenó escribir en los cuadernillos tres veces al día en vez de cada noche, después cada dos horas. Al final, se decretó que la escritura debía ser continua e ininterrumpida.
El resultado fue el enorme absurdo de que ya no se registraron acontecimientos importantes, por la simple razón de que dejaron de acontecer. Todos están muy ocupados garabateando, rasgando sin piedad las hojas. Un párrafo cualquiera (de quienes aún se molestan en usarlos) se ve así:


Estrella Soto escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe moja la pluma en el tintero escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe se levanta toma una manzana muerde se sienta toma la pluma escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe muerde escribe escribe escribe escribe muerde escribe escribe muerde escribe muerde escribe escribe tira el corazón escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe escribe […]


Yo recuerdo el tiempo del decreto. Como todos los demás, me entregué con fervor a la tarea de historiador espía. De hecho, la página anterior es mía. Veinticinco años después, me arrepiento de mi estupidez y mi obediencia ciega. Ignoro cómo serán las escuelas de hoy, no sé si las nuevas generaciones conozcan todos los caracteres. Probablemente sólo les enseñen el que más usarán; tal vez les den clase por turnos maestros dobles que se investigan mutuamente. Puedo dar testimonio de que varios de mis contemporáneos ya olvidaron gran parte del vocabulario. La encargada de escribir mi vida me siguió todavía un par de semanas después de que abandoné el escritorio. Por experimentos con ella, sé que no podría leer estas páginas.
Cuando salí por fin, viajé. En mi cuadernillo anoté lo que veía, por primera vez sin escribir por obligación. Mi biógrafa no sufrió demasiado (aún podía repetir su palabra preferida), aunque le atormentaban los periodos en que me alejaba de la pluma, y llegó a preguntarme cómo se escribía (o cómo se llamaba) lo que hacía. Cuando quise deshacerme de ella, volví a escribir lo que ella hacía. Se alegró muchísimo y se dispuso a rellenar sus planas acostumbradas, pero la saqué de su felicidad al hacerle notar que de nada servía el escribir que yo escribía si no refería también lo que yo estaba escribiendo. Naturalmente, yo escribía que ella estaba escribiendo, por supuesto, acerca de que yo escribía sobre ella, que a su turno escribía sobre mi escritura de su escritura, que trataba de lo que yo escribía, que era lo que yo escribía de ella, que no era otra cosa sino la escritura sobre mi persona, que escribía a mi vez sobre... Creo que comprendió la gravedad del asunto, porque se quedó embobada, sin atreverse a derramar la tinta sobre el papel. No me culpo por su locura, era consecuencia necesaria de su devoción.
Por supuesto que no soy el único iluminado: rebeldes ha habido siempre y siempre los habrá. Paradójicamente, son quienes mantienen al régimen funcionando: ellos siembran, cosechan, y, por pura filantropía, comparten sus alimentos con los eternos escritores. Los otros (y yo me incluía en su número) no se preguntan nunca por la procedencia de la comida que aparece a diario sobre sus mesas de trabajo. También es endemoniadamente difícil hablar con esos insurrectos. Abominan todo uso de la escritura, por lo que uno se ve obligado a descifrar su peculiar dialecto. Tampoco les gusta contar historias, así que no sé cuántos haya, si se organizan, si ven más allá de sus propias vidas. Parece que no lo hacen. El gobierno no los reprime, porque no pueden darse el lujo de formar una policía que malgaste su tiempo en una actividad que no sea la escritura. En realidad, no sé si siga existiendo el gobierno. Cuando irrumpí en los archivos para leer lo que serían las fuentes de este texto, nadie me detuvo. Todos escribían y eran ajenos a lo que no fuera su objeto de descripción. Tal vez los historiadores sean una especie en extinción. No recuerdo la última vez que vi niños: no hay tiempo para enamorarse, ni siquiera para reproducirse. Tal vez estos rebeldes representen el futuro, estos nobles campesinos acostumbrados a una vida de vacas. Creo que una nueva oportunidad se abre ante la humanidad, una tabula rassa, como les gustaba decir los antiinnatistas. No quemaré los libros, podría despertar viejos fanatismos. Los dejaré pudrirse en los anaqueles, que desaparezcan sin aspavientos. Ojalá que esta vez nos vaya mejor.

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