Niñero

–Quédate a cuidar a tu hermanito, hijo.

–Mamá…

–Voy a ir al velorio y no quiero que tu hermanito se quede solo, cuídalo.

–Pero mami…

–Nada de peros, el hecho de que estemos en este estado no quiere decir que tengas más derechos ni menos obligaciones. Te quedas a cuidar a tu hermanito.

–Bueno… –dijo mientras agachaba la cabeza.

–Así está mejor –dijo su madre, y fue caminando hasta la procesión que partiría desde el pórtico.

El niño se sentó pesadamente sobre una losa para observar a su hermano. El pequeño se revolcaba en las cenizas y las tomaba a puños para aventarlas al cielo y luego quedar empapado en ellas. Se veía feliz, parecía no importarle que su mamá fuera a un velorio y que su hermano mayor se quedara con él. Sólo se concentraba en jugar a la nevada, inconsciente del hecho de que la nieve es fría y blanca, en vez de grisácea y cálida, como lo son las cenizas.

El niño no quería estar ahí, no quería cuidar a su hermanito. Lo que se le apetecía era caminar por las calles, tal vez hasta seguir a la procesión e ir al velorio. Nunca había ido a un velorio. Su madre decía que eran tristes, que todas las señoras lloraban y veían a los muertitos; ellos se quedaban quietecitos en sus féretros, todos pálidos, como dormidos. Su padre relataba sonriente que primero rezaban el rosario; luego comenzaban a sacar las barajas, los dominós, las botellas… pasaban el resto de la noche sin hablar de los difuntos, como si no estuvieran allí, en el centro del cuarto. Sí, le gustaría ir al velorio; tal vez así él podría luego contar su propia historia sobre lo que ahí pasaba y no andar imaginando lo que otros le decían.

En eso pensaba cuando la procesión al fin se decidió a partir. Era una reunión grande, estaban todos ahí: sus profesores, el cura, los amigos de la familia, las tías y hasta su padre, quien no había llegado a dormir la noche anterior. Todos estaban silenciosos y dejaban escapar alguna que otra lágrima mientras veían a los de la funeraria cargar con los ataúdes y encaminarse pesadamente calle arriba.

Llevaban tres féretros, uno grande y los otros dos más pequeños. Él había visto cómo los llenaban. Los bomberos habían llegado muy tarde, cuando la casa entera ya se había venido abajo. Lo único que lograron rescatar fueron tres calaveras y varios huesos, así que los repartieron equitativamente. Cada ataúd recibió su cráneo y su montoncito óseo, luego los taparon y los clavaron, porque al parecer a nadie le agradaría observar unos muertos tan desnudos. Después llegaron los de la funeraria y los adornaron con unas bonitas coronas de flores. Luego vinieron todos los demás, los que ahora iban calle arriba. Y en todo ese tiempo nadie le había dirigido la palabra, su papá no le había revuelto el pelo y sus tías no le habían estirado los cachetes. Lo único que había hecho su madre había sido alejarlo de los bomberos y los ataúdes; decía que no era sana tanta curiosidad. Ahora se iban todos, y ni siquiera dijeron adiós, lo dejaron solo, con su hermanito.

Los siguió con la mirada hasta que doblaron una esquina y se perdieron de vista, luego volteó a ver de nuevo a su encargo. Había cambiado de juego, evidentemente hacer que nevara no era tan interesante cuando había tantos lugares donde encaramarse. En esos momentos intentaba escalar el librero chamuscado. El niño dio un suspiro y se paró. Asió al chico por las axilas y lo depositó entre las cenizas, con la esperanza de que se volviera a entretener con ellas. Estaba harto de cuidar a su hermanito, siempre que su madre salía, se lo encargaba, y el pequeño engendro no hacía más que alboroto y no lo dejaba disfrutar de sus tardes. Por lo menos parecía que no tendría que asistir más a la escuela, no le gustaba ir ahí. Y tampoco tendría que pasar esas noches angustiosas en las que su papá no dejaba de hacer ruido, se tropezaba con los muebles buscando su cuarto y no lo dejaba dormir. Pero todavía tenía que cuidar a su hermanito. Ahora no se libraría de él por toda la eternidad. Y su mamá también seguía con él, con sus regaños y sus órdenes. Ya nunca lograría su ansiada libertad. Ya nunca podría caminar por donde quisiera y buscar un lugar hermoso donde quedarse el resto del tiempo. Se había querido librar de todos. Pero algo salió mal. No había contado con que su mamá y su hermanito lo acompañarían. Al parecer no había ganado mucho quemando la casa mientras todos dormían.

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