Sacbé

El ambiente es blanco, aunque sea de noche. La luna ilumina la calzada de piedra caliza. Es un hilo de luz que atraviesa la selva. Entre él y la esfera celeste, el aire está compuesto por un enjambre infinito de mariposas albinas. Es julio y acaban de salir del capullo. Todo vibra con sus aleteos. Hay que cerrar la boca para evitar tragárselas; hay que retirarlas con las manos como quien bucea. El mensajero corre. Ignora a los insectos que arremeten furiosos contra su cuerpo. Apenas si entrecierra los párpados. Tiene prisa. Sus pies desnudos no suenan al chocar contra el camino, pero siente que su corazón retumba por toda la península. Lleva así desde el mediodía. Tras él viene un ejército. No sabe qué tan atrás, pero no necesita verlo para adivinar el rumor de su marcha, para presentir en la espalda el calor de sus antorchas. Sin voltear ve perfectamente cómo una de las mariposas atrapa la flama y la comparte con sus vecinas. Pronto la cabellera roja se extiende y el cielo se incendia. Bajo la gloria del fuego avanzan los guerreros. Debe llegar a la ciudad y avisar que el aliado se ha tornado adverso, que no es tropa amiga la que se acerca. Debe evitar que la llama la consuma también a ella, que use sus templos de alimento.

Instintivamente acaricia el corte de caracol que le cuelga del cuello, símbolo del viento benefactor. Un murmullo nervioso agita a las mariposas a su alrededor. Vuelve la cabeza hacia arriba y ve una pluma tornasolada cayendo entre la marea de alas. Extiende la mano y la atrapa al vuelo. Un trueno se transmite por el enjambre. Inicia un diluvio prodigioso. Las gotas fulminan a los insectos. Pronto el suelo está tapizado de mariposas empaladas por la lluvia. Cada vez le cuesta más trabajo correr. El agua le pesa. Constantemente tiene que quitarse la máscara de alas que insiste en adherírsele al rostro. En un momento de descuido suelta la pluma verdiazul y al girar para recogerla resbala con la alfombra de cadáveres. No se puede levantar. El resto de la nube blanca lo sepulta.

El brillo del sol lo despierta. Mientras se sacude la montaña de insectos distingue a poca distancia la silueta del arco que marca el fin de la calzada. Echa a correr, pero se detiene ante el monumento. Está inclinado, sus relieves desgastados. La pintura que lo revestía ha dado paso al grosero color de la piedra desnuda. Piensa con alarma que es posible que el enemigo lo superara por la noche, mientras yacía cubierto por la manta de mariposas. Entra apurado a la ciudad y la encuentra reducida a unas ruinas desconcertantes: en vez de la marca del fuego está la selva. La maleza brota entre las grietas. Hay árboles interrumpiendo en las escalinatas. Con cautela entra a los recintos sagrados: están profanados por avisperos y colonias de murciélagos. Los barrios exteriores no existen; sólo hay jungla. En la entrada de la plaza descubre una pequeña estela que sí está coloreada. No logra interpretarla, a pesar de haber pasado por las escuelas de los sacerdotes. Los glifos son cuatro, en lengua desconocida: I.N.A.H. Se siente amenazado por lo desconocido, por lo indescifrable. Instintivamente se lleva la mano al cuello. No encuentra el amuleto.

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