Preludio del laberinto

Soltaron a los toros. Vinieron como la corriente loca de una presa derrumbada. Los sentimos antes de verlos. Los guijarros de la calle temblaron nerviosos ante la onda sísmica que salió de los toriles. El estruendo de las pezuñas inundó la calle, y nos preparamos para correr mientras mirábamos hacia atrás, como el niño que se dispone a huir de la ola. En cuanto aparecieron presentimos el filo de sus cuernos en nuestra espalda baja. Corrimos. Nuestros pies descalzos resonaron sordos contra las baldosas. Los ahogó el escándalo de la manada que se nos venía encima. Era el ruido que uno escucha al entrar en una catarata. Pero seco, tan seco. Doblamos la primera esquina y los animales se estrellaron contra las casas como rápidos contra los acantilados. Corriente sudorosa. Bestias sudorosas. Sudor bufante a pelo sobre las fieras. Se levantaron furiosos para perseguirnos, los últimos cojeando iracundos. Sus bramidos nos calentaban la nuca. El miedo nos bombeaba sangre hacia piernas y ojos. No podíamos evitar tirar miradas ansiosas a las callejuelas que se abrían a nuestros costados a intervalos irregulares. Estaba prohibido escurrirse por los callejones. Llegar hasta el anfiteatro era el objetivo. Llevarlos allá para la fiesta brava. Fuera de discusión saltar hacia un lado. Si alguno se desviaba corría el riesgo de ser perseguido por algún toro, y quién sabe qué desastre podría causar una de esas bestias suelta en la ciudad. En caso de emergencia, trepar a un pórtico. De lo contrario, correr, correr más rápido que ellos.

El chico junto a mí tropezó. De pronto ya no percibí su silueta por el rabillo del ojo. Cayó. Seguí corriendo. Todos seguimos corriendo. Nadie se detuvo a ayudarlo. Nos limitamos a oír sus huesos crujir bajo las patas sedientas de sangre. Corrimos más rápido. Presentimos que compartiríamos su destino de aflojar un poco el paso. Los toros pensaron lo mismo, y apretaron la persecución. Agarraron el hilo de las calles, ya no frenaban en las curvas ni en las vueltas abruptas. Los teníamos enganchados. De alguna manera sentíamos que cada uno había ya elegido a su presa, que, sabiendo lo que les esperaba en la arena, planeaban cobrarse por adelantado. Nuestras piernas nunca habían estado tan despiertas. Entramos a la recta final. Teníamos la espalda húmeda. De sudor. O del aliento asesino de las bestias. Jadeábamos los últimos cientos de pasos. En las ventanas y los pórticos se asomaba la gente. Vitoreaban para darnos ánimos. A veces parecía que lo hacían para apoyar a nuestros perseguidores. Estaban ahí, parados afuera de sus puertas, a salvo de la corriente por la altura de las fachadas. Agitando las manos. Gritando. Su trabajo parecía tan fácil. Los primeros de nosotros comenzaron a huir. Ágiles se encaramaban a los pórticos. Brazos amigables los ayudaban a subir. Rescate de náufragos. La comitiva se fue difuminando. Nos adelgazamos. Los que quedamos sentíamos crecer la presión detrás. Como si más miradas convergieran entre nuestros omóplatos.

Eché ojos ansiosos a los espectadores. Todavía faltaba para alcanzar el portal. Y después de ahí, entrar a la arena con las cornamentas casi entre las vértebras, buscar refugio tras algún matador, recuperar el aliento en las gradas. Me faltaban fuerzas para todo aquello. Busqué algún brazo caritativo en los pórticos, pero todos me veían con sonrisas a medio construir, con esa expresión de orgullo que tienen los padres cuando sus niños logran una hazaña impensable. Nada de ayuda. Las rodillas comenzaron a temblarme. No podría subir a un pórtico sin ayuda, no antes de ser empalado por la retaguardia. Vi acercarse un callejón. Mis muslos clamaron auxilio. Me decidí. No había más remedio. En cuanto lo tuve al alcance brinqué hacia un lado.

Algo salió mal. Sentí un tufo cálido en la nuca. Me habían seguido. Me obligué a seguir corriendo por las callejuelas laberínticas. Mi casa no estaba lejos. Di vueltas cerradas y forcé algunos pasajes. Sin éxito. Cada vez sentía más cerca la muerte a mis espaldas. Llegué a mi calle. Mi hermana estaba asomada en el pórtico. Terror en su cara. Extendió la mano. Extendí la mía.

Salté.




Escucha a su esposo entrar. Borracho por la fiesta, sin duda. Tropieza con todos los muebles de la antesala. Da con la puerta. Ella se alegra de haberla dejado entreabierta, como siempre que lo espera. Sabe que no está en condiciones de abrirla. Un empujón y un olor a macho penetra la habitación. No puede evitar excitarse. Mentira que el alcohol haga a los hombres menos potentes. Los hace más maleables. Lo único que se necesita es una mujer con la suficiente creatividad y voluntad para doblarlos, estirarlos, moldearlos a su antojo. Ella es tal mujer. Es capaz de someter a su marido a su capricho, siempre y cuando él traiga suficiente licor en las venas. Cuando el efecto se disipa, él hace como que no recuerda nada, pero cierta tendencia a obedecer sus indirectas lo delata. Ella es la reina, sobre todo en la alcoba, y tiene seis hijos voluntariosos para probarlo. Todos han sido engendrados en estas habitaciones, en noches como ésta.

Se recuesta en la cama y espera a que él encuentre su camino hacia ella. Hace que su deseo se anime, que se le revuelva en las entrañas. No verlo ayuda. No ver sus ridículos tambaleos. Oscuridad absoluta. Se lo dijo en su noche de bodas, cuando todavía era una niña asustadiza: “Así es mejor, ya lo verás. Si apagas los ojos, los demás sentidos se agudizan. Y créeme, pequeña, la vista es lo que menos vas a usar". Y tenía razón, vaya que la tenía. Lo que nunca imaginó fue que sería ella quien lo llevaría a él por sensaciones insospechadas.

La cama se inclina con su peso. Cruje mientras se acerca a ella. Pronto lo siente encima, sus lamidos, sus jadeos de semental. Siente su pelambre contra los senos, entre las manos cuando intenta abrazarlo. Es enorme. Enorme y peludo. Tal vez traiga aún puesto el traje de la fiesta. El abrigo. No importa. El cambio la enciende. Entonces lo siente. En las rodillas. Su pene. Húmedo y erecto. Sorpresa. Así que quiere la iniciativa. Pues la tiene. Pero ella tiene el control. Atrapa el miembro entre sus muslos y comienza a estrujarlo lentamente. Al mismo tiempo le clava las uñas en los costados. Él contesta con un bramido inhumano. Eso es nuevo. Sonríe. Le espera una noche digna de memoria. Se gira debajo de él, asegurándose de sentirlo a lo largo de toda la espalda. Toma el miembro con una mano, mientras con la otra se sostiene de rodillas. Lo restriega contra sus nalgas, contra su clítoris, juguetea con la punta. No lo recordaba tan grande. Lo acomoda. Se muerde los labios. Echa todo el peso hacia atrás. Se deja penetrar.

Grita.




Hay mucho movimiento en las habitaciones reales. Las criadas vienen y van con toallas húmedas, agua caliente, yerbas. Cuchichean. Se siente la preocupación en el aire. Ya van tres días. Es el parto más largo que ha visto este palacio.

La matrona se limpia el sudor mientras espera a que calienten las compresas. Está perpleja. Por más que tienta no logra encontrarle la forma al niño. Sospecha que está cabeza arriba, con las piernas dobladas, y que por eso no logra encontrar la salida. A lo mejor no la quiere encontrar. Es un niño terco, voluntarioso como todos los que ha parido la reina. Pero el tiempo se termina, la madre se desangra y, si no quiere perderla, tendrá que tomar medidas drásticas. Aprieta la compresa contra los labios vaginales. No detendrá el sangrado, pero el calor dilatará el conducto y las yerbas aliviarán el dolor. La tela se tiñe rápidamente. Llama a sus ayudantes. Tendrán que hacerlo por las malas.

Las chicas se colocan a cada lado de la parturienta y ponen las manos sobre el vientre inflamado. Justo encima del ombligo. La partera abre las piernas de la madre y extiende los brazos para recibir a la criatura. Da la orden. Sus ayudantes presionan. La reina grita. Una nueva onda de sangre brota de ella. El bebé avanza, pero parece que al hacerlo desgarra la vagina. La matrona se prepara para jalar. Cuando ve la cabeza no puede evitar soltar un grito de asombro. Esforzándose por no cerrar los ojos acerca las manos al pequeño. Y lo toma por los cuernos.

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