Ojos de abeja

Saqué la roncha de mi bolsillo. El mosquito ya estaba inquieto, pero de todos modos la agité para que picara más rápido. Metí el pene en el frasco y lo vi posarse sobre él. El piquete me anuló. La forma fácil de describirlo es un orgasmo instantáneo, un orgasmo instantáneo y doloroso. Pero, más que eso, es sentir que todo tu cuerpo no consiste más que en un falo, un falo pulsante que exige más, que absorbe a ese resto de ti que ya no puedes ser tú porque ahora es prescindible, que te arquea en su deseo de autonomía, que te consume y te arranca, y tú se lo agradeces y ruegas por que no se detenga, por que todavía quede un poco de ese antiguo tú que asimilar.

Tras el primer embate volteé a ver a Marta: ya estaba esperándome con las piernas abiertas, una invitación a compartir mi éxtasis. Revolvimos las sábanas mientras duró la mezcla: no lo suficiente; nunca lo suficiente. Salí por más.

Grace hablaba en la barra con Ramón, un puerco al que sólo tolera por ser su contacto con la autoridad, su seguro de no redada. Además, no es ningún secreto que es él quien le provee las novedades. En cuanto me acerqué, callaron. Me recargué en la barra, ignorando la mirada del tira.

–Dame otra roncha, Grace –dije seco–. Y que sea rápido: ya sabes que me gusta mantener el efecto continuo.

–Seguro, joni. Te sirvo rait agüéi.

–Aguanta, Chelita –dijo el mastodonte, que no me había quitado los ojos de encima–. ¿Este carnalito es cliente distinguido? ¿Qué tal si mejor le das algo especial?

–No me jodas, Grace –insistí sin dirigirle la mirada al judicial–. ¿Por qué te tardas? Dame mi roncha y ya. Se me está pasando el efecto.

–A ver, carnalito, no me estás entendiendo –soltó el policía mientras me ponía una manaza sobre el hombro–. Acá Chelita te tiene una oferta que no podrás rechazar.

–Pues es esto, joni –Grace siempre guardando las apariencias–. Nos acaba de llegar un nuevo cargou y necesito un voluntario para probarlo. Nada peligroso, puro bisne, como tú sabes. Velo como una oportunidad: la nueva droga del mercado para ti, no charlles. Ya sabes que eres cliente consentido. Y siempre tendrás una buena historia que contar. Foquin jel, qué estoy diciendo, tienes la mejor foquin loc que podrás pedir.

Fue cobrando seguridad mientras hablaba. Se le formó la mueca que hace cuando habla de drogas, lo único que le interesa más que el dinero. Volteé hacia Ramón, que todavía no me quitaba la zarpa de encima. Comprendí que de cualquier forma no tenía opción.

–Está bien –dije–, pero dime primero de qué se trata.

–Vientos, carnalito –comenzó Ramón, pero Grace lo detuvo con una seña.

–Es da veri last en tecnólolli, joni. Traído directo de los Yunáited. Los científicos anduvieron jugando y nos trajeron esta preciosura, ya ves que desde Hofmann y el ácido ya no hay quien se crea que en la ciencia no hay rait an grong. Ahora se les ocurrió que querían saber cómo ven las abejas, sí, las que te hacen a ti, joni. Resulta que las líttel bastards tienen otro espectro de luz, ven colours que no nos imaginamos. ¿Saunds gud, no?

La idea me atrapó. Llevaba tanto tiempo en mezcla que me estaba olvidando de mis otros sentidos. Cinco en total, y hay drogas de diseño para cada uno. No me vendría mal consentir un poco a la vista. Me dejé escoltar por Ramón hasta uno de los cuartos. Ahí me recostaron sobre la cama y procedieron a amarrarme. Entonces pensé en los efectos secundarios. Por algo necesitarían voluntarios...

–Eres el primer jiuman, joni. ¿Yo qué sé? Por eso no te estoy cobrando. Pero las ratitas lobd it. Dicen que tenían que sedarlas para que no anduvieran de foquin báiolent.

Ramón sacó un maletín de su gabardina. Desde mi posición no alcanzaba a ver su contenido, pero sí pude ver cuando de su interior extrajeron un par de jeringas que se unían a él mediante un cable. Eso ya no estaba tan lindo. Comencé a moverme, pero dos manazas me contuvieron.

–Mejor agárrale la jed, Ramón, no quiero desperdiciar ni una foquin drop –Todavía alcancé a ver a Grace con guantes y lentes de protección inclinarse sobre mí, jeringa en mano–. Vas a sentir a líttel sting, joni, como digo, not tu guorri. Disculpa que no haya anestesia, pero te necesitamos piur an suit.

La aguja comenzó a girar.

El dolor vino de golpe. Fue tan intenso que perdí el aliento y frustré mi instinto de gritar. Las zarpas de Ramón no me permitieron el más mínimo estertor, por lo que pude sentir claramente cómo el metal me atravesaba el glóbulo ocular y penetraba en mi cráneo. Luego vino el líquido, infinitos cien mililitros que rellenaron mi pupila. El mismo proceso sufrió mi ojo izquierdo; cuando tocó de nuevo el hueso, me desmayé.

Desperté para hallarme en un lugar muy distinto. No reconocía nada, y sólo recordé el experimento cuando vi la cara de Grace inclinarse sobre mí.

–Y bien, joni, ¿qué ves?

¿Cómo explicarle a Grace que su cara no era la suya? Había perdido todos sus rojos. En contraste, había más verde, y el azul era riquísimo. Grace parecía el autorretrato de Van Gogh. En el momento no encontré las palabras, ni me interesaba hacerlo: preguntarme por mi percepción me había lanzado a estudiarla. Todo era nuevo y fascinante. Me desataron y me dejaron salir. Caminé como sonámbulo hasta la salida del bar. Alcancé a oír a Grace diciendo:

–Cuídamelo. Y cuida nuestro líttel sícret.

En la calle se volvió evidente que era ciego al rojo. No me molestó. A cambio de eso veía violetas nuevos, más intensos y purpúreos. Además, muchas cosas tenían patrones coloridos, líneas escondidas que el humano no percibe. Jugué un poco a seguir esos mensajes ocultos. Mi caminar habrá parecido errático, incluso azaroso, pero iba dirigido por fluctuaciones y cambios en las formas. Los objetos eran indistintos, sin líneas divisorias claras: no habría podido decir dónde terminaba mi mano y comenzaba el aire alrededor; en cambio, podía distinguir muy bien diferentes partes de mi palma entre sí. En algún momento entré a la zona comercial. Incluso a esa hora de la madrugada, los anuncios eran apabullantes, un universo de alógenos que luchaban por la primacía. De una tienda me llamó una cálida voz femenina:

–¿No sabe qué dar de cumpleaños? ¡Compre un loquesea! A todos nos encanta un loquesea.

Tropecé por la distracción y la mano de mi vigilante me levantó sin esfuerzo.

–Estás llamando mucho la atención, carnalito. Ámonos a un lugar más tranquilo.

Me dejé llevar al interior de un edificio y subimos hasta la azotea. En el elevador tuve la oportunidad de observarme a mí mismo: un ser flaco y maltrecho, muerto viviente por la falta de rubor.

Nunca esperé el espectáculo que tendría afuera. Las luces de la ciudad eran extasiantes; siempre me había fascinado esta megalópolis que se extiende hasta el horizonte. Pero la verdadera danza se encontraba arriba. Las estrellas ya no eran puntitos simplones sobre un fondo negro. Ahora se dilataban y combinaban, chocaban y mezclaban sus azules, verdes y amarillos, me abrazaban con caricias ultravioletas. Comencé a llorar. Entre mis lágrimas vi la atmósfera tornarse morada, tender estrepitosamente al carmesí. ¡No ese color! ¡No de nuevo! ¡No ahora! Me lancé sobre Ramón. En su gabardina imaginaba un segundo maletín, y yo estaba empeñado en conseguirlo. Arañé y mordí sin piedad, buscando la dosis que anhelaba. Él no retrocedió.

–Bájale de güevos, carnalito –me advirtió después de haberme devuelto al suelo–. No queremos accidentes.

Me levanté gruñendo al tiempo que él sacaba la pistola. No di dos pasos cuando el arma hizo erupción, el trueno seguido por el escozor en mis entrañas. Mi mano por instinto recibió el líquido vital.

Vi mi sangre: era roja.

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