Triskaidekafobia

Minutos antes de morir, Schönberg veía con angustia el reloj. 11:46. Un cuarto de hora más, pensaba, catorce más y habría sobrevivido el fatídico día. La fiebre ya había cedido. En ese momento Georg irrumpió en la habitación.

¡Mira, papá! ¡Tienes que oír esto!

Una música inquietante llenó la recámara. No se parecía a sus propias composiciones: no había un esfuerzo por evitar la tonalidad acostumbrada. Pero había algo mal, había algo fuera de lugar que lo incomodaba. Dirigió a su hijo una mirada ansiosa.

–¿No es magnífico? –exclamó él–. ¡Le dicen Sonido 13!

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