While my lyre gently weeps

Activas el desplazador espaciotemporal: Samos, 280 a.C. Sabes que no eres el primer viajero, por eso has elegido a un ídolo que consideras incorrupto. Te disfrazas hábilmente para mantenerlo así. Apareces en una gruta, que cubres con hojarasca para esconder la máquina. Te mezclas entre la multitud que acude al anfiteatro. Sin que nadie lo note enciendes tu logósfera: comienzas a inquirir en busca de la persona que deseas sin preocuparte por las barreras lingüísticas. Lo encuentras por fin cuando están tomando sus asientos. No es tiempo para la timidez: te sientas a su lado e inicias la conversación. Resulta muy accesible, hasta simpático; uno de esos sabios que se terminaron con la Antigüedad. Te cuesta trabajo no abordar el heliocentrismo, tema que te apasiona y por el que estás ahí a su lado, pero decides que será mejor no forzarlo: quieres ver por ti mismo el gran descubrimiento sin influir en él, así te tome varios años de observación. Para ello es imprescindible ganarte su confianza. No es difícil; pronto ríen juntos y comentan el espectáculo. En el intermedio hay un ensamble de cuerdas. Has escuchado esas progresiones, pero en un contexto muy distinto: no eran tan antiguas. De golpe te viene la revelación, y el descubrimiento te excita de tal manera que no puedes contenerte. Enciendes tu reproductor para compartir la epifanía con tu acompañante. Las notas cruzan las gradas. Son sorprendentemente parecidas a lo que estaban escuchando. Entonces se oye clara la voz de Harrison:

–I look at the world and I notice it’s turning.

–¡Pero claro! –grita emocionado Aristarco.

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